Mi abuela

Antonia Beceiro Ocampo nació en Serantes (Ferrol) allá por 1901 y un rato después empezó a cocinar, actividad en la que continuó frenéticamente hasta momentos antes de doblar la servilleta. Fue maestra en el arte de inventar, improvisar y mezclar cosas con cosas con un resultado acojonante. Su frase emblemática cuando le alabábamos los platos era “Boh, si no da nada que hacer”. Su marido Quico era más preciso: “Nieta, la cocina es la suma de transformaciones mecánicas, térmicas y químicas en los alimentos”, y te lo largaba con su inefable urraca Pascual posada en el hombro.

Su referencia constante era el Picadillo, un libro de cocina de principios de siglo que agrupa recetas, muchas de ellas en forma de artículos de prensa, poesías y otras hierbas y que compone la esencia tradicional de la cocina gallega, que precisamente por serlo es universal. Por desgracia, el Picadillo ha desaparecido del mapa librero, en beneficio de otros productos literarios que proponen alimentos (sic) como “salpicon de foie demicru trufado al oporto con lascas de espinacas de siberia marinadas al aceite de zanahoria verde con aroma de enebro”. Por suerte para mí (y ahora para vosotros), tengo una fotocopia. Gracias a ella, el bacalao se seguirá llamando bacalao.

Cuando Antonia murió, con las 72.000 pelas que me correspondieron en herencia, me compré una vitrocerámica. Es lo que hubiera querido. El Picadillo también se viene conmigo. Es una casa pequeña, pero supongo que cabremos todos.

De los millones de recetas de Antonia quiero dejar constancia en este blog, para disfrute de comilones, vagos, goumets y demás hierbas, añadiendo, por ser de justicia, algunas propias y de mis amigos, siempre en la filosofía de que sean fáciles, riquísimas, rápidas y a ser posible baratas.

Cualquier receta de este blog tiene permiso expreso para ser reproducida, eso sí, pon si puedes su nombre o un enlace a este blog. Si no lo haces, puede que vuelva del Otro Lado con su rodillo de amasar: menuda era. Avisado quedas. Y el que avisa no es traidor…

¡Buen provecho!

Yo

De mi abuela heredé el don de no preocuparme en absoluto por lo que voy a hacer de comer: ya se hará algo; si sale con barba San Antón, y si no, la Purísima Concepción. Pese a esa falta de estres, o gracias a ella, pues no se me ha dado mal, y con mejor o peor fortuna hemos ido llenando la andorga día sí día también.

Eso sí, si me quedo sin ajos o sin cebollas, soy capaz de bajar los tres pisos y volverlos a subir con tan preciosa carga (o mandar a la niña en su defecto, que para eso es joven y dinámica, además de protestona).

Es la cocina el sitio que uso para pensar, hacer pendientes y collares, tramar mortíferos experimentos con harinas, aguardientes y demás elementos, quemar lentejas (que por la frecuencia debe ser algo que me divierte mucho) y, en suma, dejarlo todo hecho una zorrera, que en el fondo es lo que me va. Recogerlo ya me va menos (siempre tengo algo mejor que hacer), pero como la niña para eso no me vale por las obvias razones antes mencionadas, pues ale, a joerse. En fin. Cuando acabe de actualizar recojo… lo juro!!!!

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