Hacia mil novecientos poco comenzó a colaborar en “El Noroeste”, el diario de La Coruña, un tal Picadillo, del que no tenemos más referencia que sus escritos. Sus recetas, condimentadas con un sano cachondeo político y social, se hicieron pronto tan populares que ilustres intelectuales y poetas de la época le daban la réplica, ya gastronómica, ya de lo otro. El tal Picadillo asimismo, amigo de dominós, cafecitos y partidas, recopilaba también las recetas de sus compañeros de mesa, generalmente las fuerzas vivas del pueblo, o sea el cura, el alcalde o el gobernador civil. No pisaba restaurante donde no intimase con la cocinera, movido por un sano afán de ahondar en lo más profundo de la exquisitez. No hubo esposa de amigo o madre de compañero que se librase de su acoso, hasta verse literalmente exprimida de sus más recónditos secretos. No hubo cura ni monja ni cocinero de tasca ni ama de casa en cuyo más oscuro interior no penetrase, culinariamente hablando. No hubo plato que no investigase, hasta quedar convencido de que podía ofrecer a sus lectores el más suculento procedimiento.

Tal fue el éxito de esa seccioncilla, mantenida durante muchos años, que se recogió en forma de libro, corregido y aumentado: “La Cocina Práctica”, alias el Picadillo. Este libro fue el vademécum de toda una generación de abuelas, y ha sido probablemente el origen de la famosa frase “es que como mi abuela no lo hace nadie”. La cocina de la abuela en Galicia tiene pues su origen en este documento, hoy desaparecido de la memoria colectiva hasta el punto de que ni la wikipedia puede ofrecernos información.

El detalle sobrenatural (apunta, Iker Jiménez) es que, ya iniciado este blog, me acordaba yo de mi abuela y su inefable Picadillo, desaparecidos ambos de mi vida hace más de veinte años. Y de repente, estando en casa de la señora Chicha en ocasión de ponerme un whisky para sobrellevar la visita, cerrada ya la puerta del mueble y mientras degustaba el amarillo líquido, oí claramente la voz de mi abuela que decía ¡”El libro, coge el libro!”. Volví a abrir la puerta y efectivamente, al fondo estaba el libro: una fotocopia indecente, en una astrosa carpeta negra de anillas.

Tengo pues el Picadillo, y lo iré publicando. Estoy segura de que repetiréis conmigo cual mantra solemne: “¡Gracias, abuela, gracias!”.