Maravilloso bicho, el buey de mar, aunque el sistema vale también para una sabrosa centolla. Fácil, socorrido y bastante impactante, el buey tiene diversas utilidades: solo, con mayonesa y vinagreta, en salpicón, como relleno de unos pimientos del piquillo, en ensalada, con rape, en canapés… Camelando un poco al pescadero, que seguramente no vende muchos, se puede sacar un ejemplar hermosete, que da para mucha fiesta, entre 6 y 8 euros. Celebremos pues la crisis como los ricos: comiendo marisco, y que no falte alegría!




Y es facilísimo:

Plis. Se pone agua a hervir en cantidad suficiente para cubrir al molusco o lo que demonios sea este bicho. Se le añade sal pero bastante: para una olla tipo a presión, como dos puñados gordos. Se le ponen una o dos hojitas de laurel. Fin de la preparación.

Plas. Manda la tradición que si el animal está vivo (harto improbable en la capital, donde no estoy viva ni yo, por poner un ejemplo) se coloque con el agua fría y se deje morir así, como sin darse cuenta, mientras sube la temperatura. Si hubiese fallecido el animal, se echa mejor con el agua hirviendo. Desde que vuelva a cocer el agua, se xcalculan unos 15/20 minutos según el tamaño.

Y ya está. Dos sistemas infalibles hay para saber cuándo está cocido: uno, que no falla, el olfato: cuando huele como en los restaurantes, está cocido. Otro, para los asustadizos, es arrancarle una patita. Si se desprende con facilidad y no está como deshecho, está cocido. IMPORTANTE: hay que sacarlo inmediatamente de la olla y ponerlo bajo el chorro de agua fría, para endurecer la carnecita y que se desprenda bien.

NOTAS: ANTES DE COMER HAY QUE ABRIRLO (QUE LA CASCARA ESTA MUY DURA!!!) El buey se abre introduciendo un cuchillo fuerte entre la cáscara y el cuerpo por la parte de atrás, y haciendo palanca. Las dos pinzas grandes se abren ligeramente con un mazo de madera; las chicas, con cascanueces. Del cuerpo se arrancan las barbas, y se hacen 4 trozos colocando el cuchillo encima y dando un golpe seco con un mazo. El caldillo del interior es como un tesoro, y si tenéis la precaución de denominarlo “la caca” por su color y textura, veréis cómo no se lo come ni el tato, y podréis disfrutar de este manjar a solateras. Otro día os pongo la receta para sacarle mayor partido a esta “caca”, que de verdad de verdad y sin exagerar, es lo más rico del mundo.