Ideales para un imprevisto, o para cuando tienes, numéricamente hablando, más bocas que langostinos. Son “pinchitos” y no “pinchos” porque el truco de este sabroso entrante no es otro que, aprovechando que el langostino tiene bastante saborcillo, trocearlo en fracciones lo más pequeñas posibles, pincharlo, rebozarlo y vestirlo con lujosa gabardina. Comprando los más baratos y calculando 3 langostinos por barba, que no son pocos porque el plato cunde, te saldrá a unos 20 céntimos por comensal. Para que digan de la crisis, aquí comiendo marisco y todo.

Necesitas:

  • Langostinos cocidos de los baratos, como 3 por persona (el plato de la foto eran 4 justos y pelaos)
  • Sal, harina, agua, cerveza o bicarbonato (o una pizca de levadura) y aceite para freir
  • ¡¡¡Palillos!!!!

Y es… facilísimo:

Plis: Desnuda los langostinos (yo me guardo pieles y cabezas para ilustrar una sopita) y parte cada uno como en tres o cuatro cachos, pinchando cada uno de ellos en un palillo, y mientras tanto pon a calentar bastante aceite (deben flotar como niños en una piscina), que esté caliente pero no en exceso (por ejemplo al 7-8 de 10).

Plas: Prepara una plasta en un cuenco con harina, un chorrín de cerveza, sal y agua, revolviéndolo enérgicamente hasta que se vea que no hay grumitos. Debe quedar de manera tal que al meter el langostino no se escurra por la superficie, que sólo gotee una gota gorda. O sea, espesita.

Y ya está. Sujetando el langostino por el palillo, se rebozan y se arrojan en la sartén con palillo y todo, que siempre valdrá para escarbarse los dientes. Que queden doraditos (mejor no echar muchos a la vez, para que el aceite no pierda temperatura). Escúrrelos, decora con la consabida raja de limón (o con lo que se te ocurra, que es que yo ya voy cortita de recursos imaginativos), y listo.