Pues esto fue que era el cumple de Palala, y como es diabética y además poco amiga del dulce, me dije: “¿Y yo dónde puñetas sujeto las tropecientas velas?”. Y como lo que siempre pide cuando come fuera es o flan o melocotón en almíbar, me volví a decir: “Tate, pues ya está”. Y así fue la creación de la Tarta Palala, buenísima y para repetir… aunque no sea el cumple de nadie.

Necesitas:

  • Un molde desmontable (ahora los tienes en los chinos por 2,50)
  • Galletas corrientes tipo María, en cantidad suficiente como para cubrir tres veces el fondo del molde.
  • Mantequilla (poca)
  • Melocotones en almíbar
  • Flan de sobre del que no se cuece (tipo Flanín)
  • Nata de cocina
  • En el colmo de la pijada, azúcar para caramelizar, granillo de almendra y pepitas de chocolate.

Facilísima y sabrosisísima:

Plis: Se trituran las galletas (lo ideal es la picadora) y se derrite la mantequilla en el micro; se van mezclando hasta que quede una pastucia que aparenta húmeda. Con ello se forra la base del molde apretando con el culo de una cuchara (esos dedos!) y se cubre con mitades de melocotón (o trocitos, según lo pudiente que vayas).

Plas. El flan se prepara siguiendo al pie de la letra las instrucciones del sobre (en mi caso, sustituyendo el azúcar por sacarina) y se vierte por encima, dejándolo en la nevera un par de horas para que se ponga durito. No pude resistirme a la tentación de hacer un poco de caramelo: se echa azúcar en una sartén a fuego no muy alto, hasta que esté líquido y marrón. El resultado fue espectacular, ya que al echarlo sobre el flan frío se formó una capa de caramelo crujiente como la de la crema catalana.

Y ya está. Como adorno, usé nata sin apenas montar (una batida rápida), granillo de almendra (que rondaba por ahí después de otros experimentos) y pepitas de chocolate. Para repetir.

Nota: el molde era inmenso, así que tuve que bajar porciones de tarta a la plaza para compartir con los amigotes vespertinos. Y el perrito Alfa, qué mono, en uno de los saltos para alcanzar el tupper, le arreó con la cabeza, volcando tupper y tarta sobre el duro asfalto. No os quiero contar cómo se pusieron los chuchos. Y lo que me honra infinito es que, a pesar del atracón, ninguno tuvo secuelas de estómago. Queda dicho.